Las fuentes de la voluntad de poder

(Artículo publicado en Portaloaca.com e )

Las explicaciones que se han dado sobre las causas de la búsqueda del poder han sido casi siempre insuficientes. Ello se debe a que no se han desarrollado las necesarias generalizaciones que engloben en diferentes tipos ideales las principales motivaciones de dicha búsqueda.[1] Por el contrario se ha tendido a enfocar desde diferentes disciplinas las razones que explican las ansias de poder, lo que ha permitido disponer de distintas perspectivas sobre la misma cuestión pero siempre de una forma parcial.

El hecho de que el poder mismo constituya un objeto de deseo hace pensar que un análisis adecuado de este fenómeno requiera ahondar en la naturaleza misma del poder, y por tanto responder a la siguiente pregunta: ¿qué tiene el poder que lo hace tan deseable?. Sin embargo, la mayoría de las explicaciones ubican las causas de su búsqueda en ámbitos que no tienen relación alguna con el poder. Este pudiera ser el caso de aquellas teorías que atribuyen a factores biológicos y psicológicos propios de la evolución humana el origen del instinto de dominación. De este modo ha llegado a considerarse que el ansia de poder constituye un rasgo de la naturaleza humana tal y como apuntó Bakunin, cuyo desarrollo dependería en gran parte de las condiciones del medio.[2] Otros autores ubicaron las causas de la búsqueda del poder en la lucha por la existencia, de lo que se deriva una estructura social en la que una minoría ejerce el mando por diferentes razones: bien por la capacidad innata de quienes lograron adaptarse mejor en la lucha por la supervivencia; por la conquista de un grupo guerrero que se impone a los demás; o simple y llanamente por una superioridad racial que capacita a un determinado grupo étnico a constituirse en el grupo dominante de otro u otros pueblos.[3] En otros casos la búsqueda del poder es concebida como el resultado lógico de la existencia de una estructura jerárquica inherente a toda forma de organización política de la sociedad.[4]

Pero para desentrañar las causas que originan la búsqueda del poder es necesario esclarecer qué es el poder, cuál es su naturaleza y en qué consiste. Sólo así pueden conocerse los beneficios derivados de su disfrute para entender las luchas que históricamente se han emprendido por él.

A grandes rasgos existen dos líneas en torno a las que pueden ordenarse las diferentes formas de definir el poder. Por un lado está aquella que concibe el poder como un recurso que se tiene o posee, y que por ello está controlado de forma exclusiva por individuos, grupos, clases, instituciones o elites que lo ejercen monopolísticamente. Así, quien detenta el poder hace uso del mismo como si se tratara de un instrumento que despliega sobre los demás. Se trata, por tanto, de una capacidad. Entre los principales autores de esta corriente destacan Hobbes, Marx, Mosca, Wright Mills, Jouvenel o Morgenthau.

Por otro lado está aquella corriente que concibe el poder como el resultado de una relación. El poder se trata más de una situación que de un recurso. De esta forma el poder brota de las relaciones, y se presenta como una oportunidad que permite a cada grupo y a cada individuo mejorar su situación para disfrutar de una mayor ventaja relativa. Para este tipo de planteamiento lo importante son las posiciones que facilitan el dominio de unos actores y el acatamiento de otros. El poder definido en estos términos es contemplado como la probabilidad de que se produzcan ciertos resultados favorables para un determinado actor en función de la relación que mantiene con otros. Los autores más destacados de esta corriente son Maquiavelo, Foucault, Tocqueville o Dahl.

No cabe duda de que existe una clara interrelación entre recursos y situación, de manera que una situación ventajosa depende, a su vez, de un fácil acceso a los recursos necesarios para mantenerla en el futuro. Y viceversa, el control de determinados recursos o capacidades es lo que permite a un actor disfrutar de una situación estratégicamente ventajosa al conferirle más poder.[5] Sin embargo, nada de esto define al poder como tal, sino que nos permite entender de un modo más coherente cómo se distribuye en la sociedad. Así, nos provee de una imagen con la que entender las diferentes capacidades de intervención política que disfrutan los distintos actores.

El poder, en esencia, es el control que se ejerce sobre el comportamiento, las ideas y emociones de las personas.[6] Mientras que el poder político es la capacidad de tomar decisiones vinculantes para la población de un territorio geográficamente delimitado y, por tanto, de intervenir en la regulación del conflicto social. En función del modo de organizarse políticamente la sociedad la capacidad decisoria recaerá sobre unos actores u otros y las decisiones se aplicarán de una forma diferente en cada caso.[7]

Las sociedades actuales se organizan a través del Estado. Esta institución compleja ocupa una posición central que le permite vertebrar y gobernar a la sociedad al detentar, concentrar y monopolizar la capacidad de tomar decisiones vinculantes y poder recurrir, si es necesario, al uso de la violencia para hacerlas efectivas. Así pues, el Estado posee el monopolio del derecho con el que regula la vida de la sociedad en todas sus esferas: económica, cultural, ecológica, etc. Y al mismo tiempo dispone del monopolio de la violencia con el que hace que sus decisiones sean cumplidas. Además, posee el monopolio fiscal con el que extrae de la sociedad los recursos económicos, materiales y financieros que sostienen su estructura organizativa central.[8] Todo esto hace que los individuos que dirigen el Estado detenten un poder inusitado tanto sobre los integrantes de su organización como sobre el conjunto de la sociedad.

Quien detenta el poder político en las sociedades actuales es quien forma parte de la elite dirigente del Estado, lo que deja en manos de una minoría el control del presente y del futuro de toda la sociedad.[9] Indudablemente todo esto da enormes ventajas y privilegios a quienes ocupan semejante posición, pues son los que tienen bajo su control los principales resortes del poder con los que regulan el conflicto social y dirigen el comportamiento, las ideas y emociones de los individuos. Pero sería equivocado pensar que el simple y mero ejercicio del mando constituye por sí mismo la única motivación que hay tras la búsqueda del poder. Antes es necesario esclarecer la naturaleza última del poder para, después, desentrañar las principales razones que llevan a su búsqueda.

La naturaleza del poder es el egoísmo, pues su razón de ser es la imposición de su voluntad. Se trata de un intenso y feroz amor propio que constituye una parte necesaria del poder. Asimismo, su superioridad se basa en su no dependencia y en su capacidad para doblegar la voluntad ajena, lo que le dota al mismo tiempo de la máxima libertad y de la mínima responsabilidad. El poder no da cuentas ante nadie de cuanto hace. De esta forma, al someterlo todo a su voluntad, siempre busca su propio interés. En esto consiste su naturaleza egoísta que conduce su autoconservación e impulsa su crecimiento.[10] También convierte a los demás en instrumentos de su voluntad, en medios para conseguir sus propios fines, en recursos susceptibles de ser descartados si los intereses que lo animan así lo exigen. Ese sometimiento puede adoptar diferentes formas pero siempre tiene un trasfondo coactivo. En la coerción reside en última instancia la razón de ser de las relaciones de subordinación que establece sobre todo cuanto se encuentra en su radio de acción. Juntamente con esto está la creciente racionalización de su dominación, lo que intensifica y perfecciona el control sobre sus sometidos.

Los principales motivos que impulsan la búsqueda del poder son bastante más prosaicos de lo que habitualmente se cree. Podrían resumirse todos ellos en el egoísmo que define al poder pero ello tampoco aportaría demasiada información. Por el contrario podemos establecer tres tipos de motivos diferentes: la riqueza, el ejercicio del mando y el prestigio.

La riqueza es uno de los atributos inherentes al poder. Esto se debe a que el poder dispone de aquellos medios que le dan acceso a los recursos económicos, financieros y materiales de la sociedad. De este modo la superioridad del poder en el terreno económico se manifiesta en la explotación que ejerce sobre sus dominados, a los cuales expropia una creciente porción de la riqueza que producen. El poder subsiste y perdura gracias al trabajo ajeno, lo que deja patente su naturaleza parasitaria. Este carácter parasitario ha crecido a lo largo de la historia al haber aumentado su capacidad de extracción económica sobre la sociedad, lo que ha significado al mismo tiempo un mayor enriquecimiento de la elite dirigente y un aumento del número de los diferentes medios de dominación (cultural, económica, política, militar, etc…) a su servicio.

En la actualidad la capacidad de extracción económica que cuenta el Estado por medio de su burocracia ha llegado a ser abrumadora. Así, a través del fisco, explota a la sociedad al desposeerla de una parte cada vez mayor de su riqueza. Esto es lo que ocurre con la mayoría de los países ricos donde el Estado se apropia de al menos el 50% del PIB.[11] El Estado, además, asume funciones directoras de la economía a través de sus empresas y entidades financieras, pero también por medio de diferentes organismos reguladores del mercado, de la producción, etc., vinculados a los distintos departamentos ministeriales. El creciente control económico revierte en un enriquecimiento de la clase dirigente y en un aumento del poder del ente estatal al disponer de mayores recursos con los que costear sus medios de dominación.

La riqueza que controla y dirige el Estado constituye una poderosa razón para la búsqueda y conquista del poder. En tanto en cuanto el Estado dispone de los medios institucionales con los que controlar y dirigir la economía, su elite mandante posee al mismo tiempo la capacidad decisoria para intervenir en ella y dirigir toda la riqueza en su propio beneficio, ya sea a través de la asignación arbitraria de recursos o por medio de la elaboración de una legislación favorable para sus intereses. En los casos más extremos nos encontramos con Estados de tinte patrimonial en los que unas pocas familias concentran casi toda la riqueza. Esta situación es relativamente frecuente en países con recursos naturales como el gas, el petróleo, los diamantes, etc., como son los casos de Nigeria, Guinea Ecuatorial, Zimbabwe, Siria, y las petromonarquías de Oriente Próximo. A lo anterior hay que sumar todas las prebendas que están unidas a los puestos de dirección en el Estado como son los abultados sueldos, y toda clase de privilegios que hacen de quienes ocupan dichas posiciones un grupo exclusivo y diferenciado de la sociedad.

Naturalmente la riqueza constituye una motivación muy poderosa que hace de la búsqueda del poder la principal batalla de determinados grupos e individuos. A lo largo de la historia la riqueza y el poder han estado estrechamente unidos, y prueba de esto es el elevado tren de vida que han llevado las elites dirigentes de todos los tiempos y civilizaciones. La ostentación de los líderes políticos es un hecho insoslayable como así lo prueban los faraones, los emperadores romanos, las monarquías orientales, hasta llegar a los actuales jefes de gobierno y de Estado junto a los demás representantes del poder político, militar, económico e ideológico. En este sentido la elite del poder no se diferencia demasiado de una vulgar banda de atracadores, con la particularidad de que el robo que practica lo desarrolla a una escala inmensamente mayor.

El poder mismo ejerce un magnetismo inigualable. Esto se debe a que se ha erigido en el punto de referencia de las esperanzas humanas capaz de librar de la fatalidad de su destino a individuos e incluso a colectivos enteros. De alguna manera se le ha atribuido cierto carácter mágico al hacer posible lo que de otro modo sería imposible. Se trata del poder entendido como medio para la realización de unas ambiciones particulares. Pero precisamente esas ambiciones conllevan de un modo u otro el aumento y la concentración del propio poder hasta el punto de que el medio se convierte en un fin. Esto explica que a lo largo de la historia diferentes individuos y grupos que han definido sus fines en términos de un ideal religioso, filosófico, económico o social y que han tratado de realizarlos a través del poder político únicamente hayan conseguido aumentarlo y reforzarlo, al mismo tiempo que han agudizado la lucha por su conquista y conservación.

Las esperanzas y los fines pretendidamente altruistas que plantean un orden mejor a través del poder político encubren la mera ambición del poder. Lo único que se persigue es el ejercicio del mando, lo que de un modo u otro conlleva el reforzamiento del poder al someter a las voluntades ajenas a las apetencias de la elite rectora. Esta elite se escuda en unos determinados ideales que justifican los sacrificios que son impuestos a la sociedad y que, en definitiva, significan la expansión y crecimiento del propio poder a expensas de aquella.

Por otro lado, y en la medida en que el monopolio del poder político de una minoría permite decidir sobre los fines de la sociedad, el ejercicio del mando entraña la asunción de un papel demiúrgico. Las decisiones de la elite dirigente no son tomadas únicamente para su propio provecho, sino que también son el reflejo de una determinada imaginación política que trata de realizar cierto proyecto con el que moldear el presente y el futuro colectivo. Se trata, entonces, de la prolongación del yo mandante a través de la sociedad gobernada a la que transmite sus propios impulsos y cuyos ingentes recursos moviliza. El ejercicio del mando pasa a ser la transformación y el moldeamiento de la sociedad a imagen y semejanza de la elite dominante. Así es como esta elite se realiza a sí misma al incorporar a la sociedad sus sentimientos y ambiciones, lo que significa el crecimiento y reforzamiento del propio poder.

Después de la riqueza y del ejercicio del mando se encuentra el prestigio como principal motivo para la búsqueda del poder. Su importancia viene dada sobre todo por el hecho de que tiene estrecha relación con una de las fuentes del poder que es la autoridad, entendida como la “auctoritas” de los clásicos. Esta recurre a la reputación, o más bien al prestigio, para generar actitudes de confianza entre los demás. Quien disfruta de prestigio cuenta con un crédito o una solvencia que le son reconocidas socialmente, lo que hace innecesaria la aplicación de la fuerza para que sus decisiones sean llevadas a cabo.

Pero, ¿de dónde procede el prestigio?. Su disfrute puede deberse a diferentes factores. En unos casos se debe a que se trata de un prestigio moral que tiene su origen en la competencia o en la experiencia en un determinado ámbito de la vida social, lo que hace que las sugerencias, consejos o recomendaciones sean atendidas sin examinar los argumentos. En otras ocasiones ese prestigio se debe a una trayectoria histórica conocida que hace que quien la posee no necesite presentar otras razones para que sus directrices sean atendidas, pues cuenta con la confianza generada por las acciones del pasado. Y las más de las veces el prestigio procede de quien ocupa un cargo en alguna de las instituciones oficiales, lo que hace que cuente de entrada, y por razón de su cargo, de un depósito de confianza que hace que sus indicaciones sean atendidas por el mero y simple hecho de proceder de quien proceden. Esto último es lo que pone de manifiesto la existencia de una estructura de prestigio en toda sociedad.

El prestigio, entendido aquí como reputación, obedece en gran medida a la búsqueda de la estimación y de la admiración de los demás. Consiste en la búsqueda del reconocimiento y responde en gran parte a un impulso narcisista que persigue el autoengrandecimiento. Históricamente el prestigio ha jugado un papel clave en el ejercicio del poder tal y como señaló Gustave Le Bon: “Todo lo que ha tenido en el mundo un poder arrollador, ya hayan sido ideas u hombres, ha impuesto su autoridad principalmente por medios cuya fuerza irresistible se expresaba con la palabra “prestigio” |…| El prestigio, en realidad, es una especie de dominio que ejerce sobre nuestra alma un individuo, una obra o una idea”.[12] A través del asombro y del respeto que infunde consigue paralizar la facultad crítica. Por medio del prestigio es como los poderosos consiguen que los demás crean en su poder sin necesidad de demostrarlo ni de ejercerlo. En este sentido sirve para reforzar el poder al protegerlo de todo reto social.

Pero respecto al sistema de prestigio que existe en la sociedad cabe apuntar que las grandes instituciones son en sí mismas mundos escalonados de prestigio. Establecen diferentes gradaciones de prestigio que dan forma a una jerarquía de personas sobre las que se asientan las relaciones de subordinación. En los altos círculos de estas instituciones se da una concentración de prestigio muy por encima de lo corriente. Digamos que el simple hecho de que un individuo detente una posición de dirección en alguna institución le hace estar investido de una reputación especial que él mismo contribuye a alimentar al buscar la notoriedad, al hacer aceptables sus acciones y popular su política.[13]

Los medios de comunicación de masas han sido el canal que ha permitido a las personas que están en la cima del poder llegar a las que están en posiciones más bajas. Por medio de la propaganda han maximizado en grado superlativo su prestigio, y han creado una opinión pública basada en una imagen de sí mismos acorde con sus pretensiones. En cierta medida el prestigio ha pasado a ser un fenómeno de masas artificialmente inducido o, en su caso, aumentado e intensificado gracias a la intervención de los más modernos medios de comunicación.

La manipulación de la población con la creación de una visión de la realidad acorde con los intereses de la elite dominante ha hecho del prestigio una fuente renovada de poder que, gracias al efecto amplificador de los medios de comunicación, ha establecido el necesario consentimiento social con el que el poder se ha visto reforzado. Por decirlo de alguna manera los medios de comunicación han convertido en celebridades a los miembros de la elite dirigente, y a través del prestigio han consolidado e intensificado la creencia popular de que tienen poder y riqueza.

El prestigio se apoya en las ideas y creencias predominantes en una sociedad. Quienes tratan de forjarse una buena reputación no suelen ir a contracorriente de la cultura y de los valores imperantes. De esta manera quienes disfrutan de una especial reputación se debe a que de algún modo encarnan esas ideas y creencias, lo que inspira la confianza de la población. Esto explica que históricamente las personalidades carismáticas hayan alcanzado cierto liderazgo al haber sabido interpretar esas ideas, valores y creencias logrando ser identificados con ellas, lo que a la postre también ha facilitado la identificación de las masas con el líder.[14] Estas individualidades carismáticas han llegado a ser la personificación de un mito que se ha construido en torno a ellas, y han adoptado así un valor e importancia de un marcado carácter simbólico al representar la expresión de la voluntad de todo un pueblo.

El prestigio constituye un importante aliciente del poder, porque con él se alcanza el reconocimiento y la admiración que permiten al individuo alimentar y agrandar su ego. El aura de respetabilidad y de distinción que significa pertenecer a los altos círculos del poder, y por tanto ocupar una posición de superioridad en relación al resto de la población, es una de las principales razones que explican las ansias de poder de algunos individuos. Pero el prestigio del poder no sólo satisface la presunción y prepotencia de ciertas individualidades, sino que al mismo tiempo aumenta ese poder al hacerlo incuestionable. Por tanto, a mayor prestigio mayor consentimiento social, pero también mayor la distancia entre la elite dirigente y las masas.

La riqueza, el ejercicio del mando y el prestigio son las principales razones que impulsan a determinados individuos y grupos a buscar el poder, pues son, a su vez, los principales réditos que pueden obtenerse de su disfrute. Por otra parte son factores que guardan una estrecha interrelación al ser atributos del poder. Así, a la riqueza le es consustancial cierto prestigio y capacidad de mando, de igual forma el ejercicio del mando implica un prestigio y cierta riqueza, mientras que el prestigio es una fuente de autoridad que conlleva de un modo u otro la riqueza y el mando sobre los demás. Todos ellos son rasgos definitorios del poder que al mismo tiempo explican por qué es tan codiciado y cuáles son los distintos tipos de personas que lo persiguen.

No cabe duda de que el egoísmo es el trasfondo último de quienes pretenden el poder. Sin embargo, el egoísmo, que de un modo u otro se encuentra presente en todo ser humano, no deja de ser una cualidad que se cultiva, lo que exige un medio adecuado para su desarrollo. La destrucción del lazo social ha caminado en este sentido al implantar relaciones mediatizadas por el interés que han generalizado el individualismo. Este contexto social y cultural ha facilitado la proliferación de seres egoístas que en no pocas ocasiones dirigen ese egoísmo hacia la búsqueda y conquista del poder.

El egoísmo social resulta muy funcional para el poder debido a que siempre tiene la necesidad de renovarse con individuos en los que esta cualidad resulta más enérgica, y por tanto está más desarrollada y afianzada. La renovación de las elites siempre ha repercutido en un aumento del propio poder con la hipertrofia de sus estructuras de dominación y la consolidación de su papel organizador en la sociedad.

En estas condiciones es natural que la lucha por el poder se exacerbe al entender que la única forma de solucionar los problemas sociales que se derivan de un orden político en el que una minoría impone sus intereses al resto es por medio de otra imposición. Esto es lo que da origen a la formación de grupos y alianzas de grupos que pugnan por el poder y que, a través de la manipulación propagandística, tratan de ganarse el apoyo popular. Sin embargo, las dinámicas que ponen en marcha estas luchas dan origen a procesos que obedecen, como se ha apuntado antes, a una renovación de las elites en la que la parte más destacada de los estratos populares pasa a ocupar el lugar de la antigua clase dirigente, de forma que la barrera de la antigua elite que excluía al pueblo es reemplazada por una nueva barrera de quienes pasan a ocupar los puestos de mando. De esta forma las elites cambian pero las estructuras de poder que las sostienen permanecen, y con ello el sistema de dominación se perpetúa.

Un verdadero cambio no es posible a través de la imposición de los intereses de una nueva elite en nombre del pueblo, ya que ello, como se ha visto a lo largo de la historia, ha significado la reproducción del sistema de dominación. Por esta razón el principal problema al que se enfrenta cualquier intento emancipador de la sociedad es la desarticulación del cuadro general de disvalores que organiza su cultura. Esto exige una regeneración moral de la sociedad que cree las condiciones subjetivas, aquellas que tienen que ver con el factor consciente del sujeto, para rechazar pensar, ser y sentir dentro de las formas de la cultura dominante impuesta por la elite dirigente.

No es posible una sociedad libre si no se lleva a cabo una labor previa que capacite moralmente a sus integrantes para ser libres.[15] Y esto pasa necesariamente por rechazar los disvalores imperantes, de entre los que destaca de manera especial el egoísmo, y sustituirlos por valores como el desinterés, el altruismo, la generosidad, el esfuerzo, el servicio, etc… De aquí se deduce la importancia de la cuestión moral como elemento regenerador de una sociedad decadente, sometida a unos cánones culturales impuestos por el poder que someten las relaciones a su propia lógica de dominación. Sólo así podrán cegarse las fuentes que alimentan el deseo de dominación de unos seres humanos sobre otros.

Esteban Vidal

[1] Nos valemos de los tipos ideales como instrumento conceptual a pesar de sus propias limitaciones. Y es que dicha herramienta, desarrollada en su momento por Max Weber, todavía conserva su importancia y utilidad debido a que satisface una necesidad básica de toda ciencia, que no es otra que la generalización realizada a partir de las regularidades que son identificadas en el mundo objetivo. Constituye una abstracción construida a partir de un conjunto de elementos que, aún pudiéndose encontrar en la realidad, normalmente no se presentan de una manera aislada y pura. Así es como un tipo ideal sirve para entender la realidad concreta, a pesar de que esta siempre se desvía del modelo construido. Giner, Salvador, Teoría sociológica clásica, Barcelona, Ariel, 2001, p. 274

[2] “De manera fatal, ese principio maldito se manifiesta como un instinto natural, en todos los hombres, sin exceptuar a los mejores. Todos llevamos el germen dentro de nosotros; y como sabemos, por una ley fundamental de la vida, todo germen tiende necesariamente a desarrollarse y a crecer, a poco que encuentre en su medio las condiciones favorables a su desarrollo”. Leval, Gastón, El Estado en la historia, Cali, Otra Vuelta de Tuerca, p. 40

[3] Spencer es sin lugar a dudas el máximo exponente del darwinismo social que tiene sus raíces en la obra de Darwin, Charles, El origen de las especies, Barcelona, Planeta de Agostini, 1992. En el segundo grupo destacan autores como Gumplowicz, Luis, La lucha de razas, Madrid, La España Moderna, 1892, y Oppenheimer, Franz, The State, Canada, Black Rose Books, 2007. El ejemplo más claro de las explicaciones raciales es Gobineau, Arthur de, Essai su l’inégalité des races humaines, París, Firmin-Didot, 1853-1855

[4] “No puede haber organización humana sin jerarquía, y cualquier jerarquía exige necesariamente que algunos manden y otros obedezcan”. “En todas las sociedades |…| existen dos clases de personas, una clase que gobierna y otra que es gobernada”. Mosca, Gaetano, La clase política, México D. F., 1995, pp. 305 y 106

[5] Vallès, Joseph M., Ciencia Política. Una introducción, Barcelona, Ariel, 2004, p. 33

[6] Morgenthau lo definió de la siguiente manera: “Cuando hablamos de poder aludimos al control del hombre sobre las ideas y acciones de otros hombres”. Morgenthau, Hans J., “Poder politico” en Hoffmann, Stanley, Teorías contemporáneas sobre las Relaciones Internacionales, Madrid, Tecnos, 1972, p. 96

[7] Lo político es en esencia el modo en el que se organiza una sociedad. Freund, Julien, La esencia de lo político, Madrid, Editora Nacional, 1968. Asimismo, el conflicto social también forma parte de la esencia de lo político al articularse sobre la distinción entre amigo y enemigo. Constituye la distinción política específica a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos que originan el conflicto social, pues en base a ella se agrupan y organizan los grupos humanos que se oponen combativamente entre sí. Schmitt, Carl, El concepto de lo político, Madrid, Alianza, 2005

[8] La importancia del monopolio fiscal, a veces olvidada, viene dada por el hecho de que junto al monopolio de la violencia ambos son dos caras de la misma moneda. “Ninguno de los dos tiene preeminencia sobre el otro en ningún sentido, son dos lados del mismo monopolio. Si uno de ellos desaparece el otro le sigue automáticamente, aunque el gobierno monopolista pueda en ocasiones quebrantarse más en uno de los lados que en el otro”. Elias, Norbert, Power and Civility, Nueva York, Pantheon, 1982, vol. 2, p. 104

[9] La clase dirigente de los Estados modernos actuales está compuesta mayormente por mandos militares y policiales, altos funcionarios de los diferentes ministerios, magistrados, políticos, empresarios, banqueros, catedráticos, celebridades, los jefes de los servicios secretos, periodistas, etc. Son reseñables algunos apuntes que aparecen a este respecto en Equipo Análisis del Estado, Diagrama sobre el Estado español, Potlatch, 2014. En esta obra puede apreciarse con gran claridad el poder que detentan los máximos responsables del Estado al describir la dimensión de cada departamento ministerial, así como sus ingentes recursos y los ámbitos que son objeto de su intervención.

[10] Necesaria y muy recomendable es la lectura de Jouvenel, Bertrand de, Sobre el poder. Historia natural de su crecimiento, Madrid, Unión Editorial, 2011. En esta obra el autor aborda el estudio del poder como nadie antes lo hizo, y explica no sólo su naturaleza egoísta sino también todos aquellos mecanismos que impulsan su crecimiento y expansión.

[11] Rodrigo Mora, Félix, Estudio del Estado, Madrid, Federación Local de Madrid (CNT-AIT), 2012, p. 11

[12] Le Bon, Gustave, The Crowd, Londres, Ernest Benn, 1952, pp. 129-130

[13] Wright Mills, Charles, La elite del poder, México, Fondo de Cultura Económica, 1957

[14] Freud, Sigmund, Psicología de las masas, Madrid, Alianza, 1985

[15] Georges Sorel dijo al respecto lo siguiente: “¿Cómo podría concebirse, en efecto, la formación de una sociedad de hombres libres, si no se suponía que los actuales individuos hubiesen ya adquirido la capacidad de conducirse por sí mismos?”. Díaz Guerra, Marino, El pensamiento social de Georges Sorel, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1977, p. 191

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